Por último, el nombre de Mataelpino parece ser una derivación de Matadelpino, contracción, a su vez, de Mata de pinos, expresión con la que los primeros habitantes de la localidad se referían al pequeño pinar existente junto a sus viviendas.
HISTORIA
Las primeras referencias escritas de Cerceda y Mataelpino aparecen a principios del siglo XIII, mientras que las del núcleo de El Boalo datan del siglo XV. Esta última localidad aparece citada en una de las serranillas del Marqués de Santillana (1398-1458): «Descendiendo Yelmo ayuso, contra Bóvalo tirando, en ese valle de suso, vi serrana estar cantando».[1]
En la Alta Edad Media, la zona de influencia del río Manzanares, conocida como Real de Manzanares, fue objeto de continuas disputas por parte de las Comunidades de Villa y Tierra de Segovia y Madrid, que intentaban hacerse con el control de sus abundantes bosques y pastos.
Los litigios fueron resueltos en el siglo XIV por el rey Juan I de Castilla (1358-1390), quien cedió el territorio a su mayordomo, Pedro González de Mendoza. Desde entonces, El Boalo, Cerceda y Mataelpino quedaron vinculados a la Casa de Mendoza y al Ducado del Infantado, junto con otros pueblos guadarrameños.
En el año 1747, Cerceda recibió el título de villa y, en 1751, El Boalo y Mataelpino fueron definidos como barrios de una única villa y concejo. En el Catastro del Marqués de la Ensenada de 1752, las tres localidades fueron censadas: El Boalo (núcleo) tenía entonces diez habitantes, mientras que Cerceda y Mataelpino contaban con veinte cada una. Sus principales fuentes de subsistencia eran la agricultura y la ganadería.
Las tres entidades de población quedaron integradas en la provincia de Madrid en el año 1833, en el marco de la división de España en provincias.
En el siglo XIX, surgió una nueva actividad económica, la cantería, al tiempo que las tres localidades quedaron constituidas en un único municipio. En los años sesenta del siglo XX, la extracción de piedra experimentó un retroceso, ante la aparición de nuevos materiales de construcción, lo que provocó la emigración de muchos de sus habitantes.
En las décadas posteriores, se produjo un florecimiento de la economía del pueblo, de la mano del sector inmobiliario, lo que supuso la urbanización de numerosos enclaves de su entorno.
UBICACIÓN Y MEDIO FÍSICO
El municipio pertenece a la comarca de la Cuenca del Guadarrama, a pesar de que ninguno de sus cursos fluviales vierte en este río. Todos sus riachuelos y arroyos son afluentes o subafluentes del Manzanares, en cuya cuenca hidrográfica se encuentra integrado todo el término.
Las corrientes más imporantes son el río Samburiel (o San Muriel) y los arroyos de El Palancar y Navahuerta, que, al igual que todos los ríos que nacen en la vertiente sur de la Sierra de Guadarrama, se caracterizan por un fuerte estiaje. Llegan a secarse durante el verano.
Su clima es mediterráneo continentalizado, con inviernos fríos y veranos calurosos. Las mayores precipitaciones se producen en otoño (octubre y noviembre) y en primavera (marzo, abril y mayo). La media pluviométrica anual se sitúa en torno a los 1000 litros por m².
El municipio está incluido parcialmente dentro del Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, creado en 1985.
ACCESO
El Boalo también se encuentra comunicado con Madrid por la Autovía del Noroeste (A-6, Madrid-La Coruña). En la salida de Collado Villalba, puede tomarse la M-608, que conduce directamente a Cerceda, a través de Moralzarzal.
El municipio cuenta con diferentes líneas regulares de autobuses, que unen sus tres entidades de población con Madrid (intercambiadores de Moncloa y de Plaza de Castilla) y con algunos pueblos de la comarca.
ECONOMÍA
El sector agrícola y ganadero (producción de carne de vacuno y leche, explotaciones de ganado ovino y pastos) sigue siendo uno de los más importantes, a pesar de su progresiva disminución en las últimas décadas.
MONUMENTOS Y LUGARES DE INTERÉS
En el núcleo de El Boalo, destaca la Iglesia de san Sebastián Mártir, del siglo XVII; y en Mataelpino la Iglesia de santa Águeda, cuyos orígenes se remontan probablemente al siglo XVI, si bien el edificio actual fue realizado en el siglo XX. Otra construcción de interés es la Ermita de san Isidro Labrador, erigida en el siglo XX en estilo rural.
En las riberas del río Samburiel, se conservan los restos arqueológicos de un túmulo de enterramiento neolítico, descubiertos a principios del siglo XXI.[2]
En el término municipal existen varias áreas de ocio, entre las que destaca la de san Isidro Labrador, junto a la ermita del mismo nombre. Otros enclaves de interés ambiental y recreativo son la Gruta de la Calera, situada en una zona sedimentaria formada por el río Samburiel, y el Mirador de la Ponzonilla, a 1.175 m de altitud.
